Elena
Anaya nació en Palencia, un 17 de Julio de 1975. Pasó su
juventud dando patadas de kárate en el gimnasio Okinawa,
yéndose los fines de semana al monte o a remar
y luciendo una chupa de cuero roja que era
la envidia de la muchachita local, y que seguramente llevara en alguno de los
conciertos de Mecano a los que acudia.
Tuvo una infancia marcada por la separación de sus padres. De pequeña
no fue muy estudiosa, repitió sexto y más tarde COU. Cuando repitió COU
su madre puso una pensión para estudiantes en casa y ella ayudaba cocinando
y limpiando.
Elena quiso ser actriz ya desde pequeña
y se marchó en el verano
del 96 a Cádiz y después a Madrid para hacer las pruebas de acceso
a la Real Escuela Superior de Arte Dramático de Madrid.
Su representante, Katrina Bayonas, hacia el casting
para una película,
Africa, de Alfonso Ungría, y estaba desesperada porque había visto
a 500 actrices. Le llamó preguntándole por alguna chica joven que
pudiera dar para el personaje y él le dijo: Si, hay dos, y una era Elena.
Entonces se fue a Madrid a hacer el casting. “¿Cuántos
años tienes?”, le preguntó Alfonso Ungría. “Dieciséis”,
mintió Elena. Y coló. “Yo buscaba a alguien de 15 años
y las actrices, que lo sabían, me mentían. Después de hacerle
la prueba a más de doscientas chicas fui agudizando el ojo. Si no era
verdad, lo notaba. Pero con Elena todos nos lo tragamos”, recuerda Ungría.
Hasta que llegó el momento de firmar el contrato y alguien dijo: “Elena,
tiene que venir tu madre, porque eres menor de edad”. Entonces hubo de
confesar el engaño. Ungría se quedó blanco. “Dijo: ‘Bueno,
supongo que si todos nosotros nos lo hemos tragado, también se lo tragarán
los espectadores”.