Así empezó su
primera película y a estudiar, todo a la vez. Allí estaba Elena
Anaya, viviendo en la capital de España, en un piso compartido con dos
franceses a los que no conocía de nada.
Posteriormente
pasó las pruebas de ingreso en la RESAD, pero cuando Fernando León
de Aranoa le fichó para su película Familia, la echaron, demasiados
meses sin pisar las aulas (es una escuela pública y ella ya es una profesional).
Entonces se apuntó a la escuela de interpretación de Juan Carlos
Corazza.
Siguió compaginando estudios y trabajo,
porque después siguieron la obra de teatro A Bocados (donde conoció a
Gustavo Salmerón, su novio) con la pieza Una luz que ya no está,
de Maxi Rodríguez. Llegan las películas Grandes Ocasiones, Finisterre,
Lágrimas Negras, Las huellas borradas, El invierno de las Anjanas y El árbol
del penitente. Ella sigue estudiando y hace cursos permanentemente. Sabe que
el entrenamiento es una gimnasia básica que no se puede abandonar.
El año 2000 es el de su explosión como actriz. Julio Medem le envía
el guión de Lucía y el Sexo (9 nominaciones a los premios Goya)
le propone interpretar a Belén, esa niñera morbosa que encandila
a Tristán Ulloa. Tiene un papel muy difícil, le da miedo, muchas
actrices no se hubieran atrevido con Belén. Pero Elena se lanzó a
la piscina y obtuvo su recompensa. Una actuación espectacular y muy elogiada
por la crítica y el publico.
Tras el éxito de Lucia y el Sexo y su magnífica
interpretación, es centro de miradas del cine español.